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PACTO DE ÁNGELES

Había una vez nosotros.

Dos Ángeles que sabían que eran Luz, Seres Divinos nacidos del mismo Amor.

Vivíamos envueltos en la Presencia infinita de Dios, sostenidos por Su paz, formando parte del Todo perfecto.

Éramos vibración pura, conciencia sin límites, Amor sin forma.

En el Absoluto no existía la dualidad.

No había arriba ni abajo, ni comienzo ni final.

Todo era armonía, belleza y unidad.

Y sin embargo, en lo más profundo de nuestro Ser, nació un anhelo:

experimentarnos a nosotros mismos.

Éramos como dos velas encendidas dentro del sol.

Tanta Luz nos impedía reconocernos.

No podíamos sentir quiénes éramos realmente.

Entonces Dios, con infinita ternura, se acercó a nosotros y dijo:

—Para conocerse, deberán separarse.

Deberán viajar a la materia y atravesar la Oscuridad.

—¿Qué es la Oscuridad, Padre? —preguntamos.

—Aquello que ustedes no son —respondió Dios—.

Solo al tocar lo que no son, podrán recordar lo que verdaderamente son.

Y así comprendimos que descenderíamos al mundo humano.

Allí conoceríamos el dolor, la pérdida, el miedo, el apego, la ausencia.

Y aun así, dentro de nosotros viviría siempre el impulso de regresar a la Luz.

Dios nos habló con amor:

—Mi Ser vivirá en ustedes.

Ejercerán el libre albedrío.

Sentirán, crearán, elegirán.

Serán Divinidad experimentándose a sí misma.

Y al final del camino, los esperaré como siempre.

Nuestros corazones ardían de deseo por comenzar el Viaje.

El Viaje infinito hacia el recuerdo.

—¿Qué parte de la Oscuridad desean experimentar primero? —preguntó Dios.

Nos miramos.

Y uno de nosotros respondió:

—El dolor.

El dolor más intenso que pueda sentir un Ser.

Sabíamos que para que ese dolor existiera, uno tendría que partir antes que el otro.

Y sin dudarlo, el Amor habló primero.

—Yo iré —dijo el Ángel Bondadoso—.

Porque te amo.

Y porque tú ya lo has hecho por mí, en otros ciclos que hemos olvidado.

Recordamos entonces que habíamos sido todo:

madre e hijo, hijo y madre,

presencia y ausencia,

encuentro y despedida.

Comprendimos la Ley sagrada:

“Sin aquello que no eres,

no puedes reconocer lo que eres.”

Antes de partir, hicimos un pacto.

——Cuando mi partida roce lo más hondo de tu corazón —dijo el hijo con ternura—

recuerda quién soy

y quién eres tú.

—Lo recordaré —respondió la madre—.

Recordaré que la Luz se recrea atravesando la Oscuridad.

Recordaré este Pacto de Ángeles.

—Que así sea —sellamos juntos.

Y así fue.

En un tiempo y en un planeta,

nosotros nacimos como madre e hijo.

Nos amábamos profundamente.

Nuestra relación era un canto al Amor puro,

como si el alma supiera algo que la mente aún no recordaba.

Pasaron los años.

Y un día, el hijo partió.

Dejó el cuerpo y volvió a desplegar sus alas.

La madre quedó en la tierra,

sintiendo el dolor más profundo que había experimentado jamás.

Su alma se desgarró.

Olvidó el pacto.

Olvidó quién era.

Desde la Luz, el hijo observaba, esperando que ella recordara.

Pero el sufrimiento era demasiado grande.

Entonces pidió ayuda.

Pidió que esta historia fuera escrita.

Para que su madre —y todos los que olvidaron—

pudieran recordar.

Y eso es lo que ocurre cada vez que alguien lee estas palabras.

Porque cuando nosotros recordamos,

el dolor se transforma en memoria sagrada.

La ausencia se vuelve Amor eterno.

La separación deja de existir.

Cuentan las voces del alma

que madre e hijo, separados en la forma,

volvieron a encontrarse en la Paz.

Y que en ese pequeño planeta,

algunos comenzaron a perdonar,

a comprender,

a amar un poco más.

Porque cada vez que un Ángel recuerda,

el mundo se llena de más Luz.

A mi hijo hermoso,

que cruzó a otro tiempo

y sigue siendo mi Luz.

No se fue. Se transformó.

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