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Somos lo que creemos

Hace años me vi en un espejo. En esa vastedad comprendí algo esencial: no era la materia mi verdadera esencia, ni la de ningún ser que pueda pensarse a sí mismo.

¿Para qué estamos? La respuesta ingenua sería: envejecer y morir.
Pero si existe Dios, podríamos pensarlo —desde una mirada humana herida— como un ser que juega con nosotros, como si fuéramos títeres. Algunos viven como bufones, otros como reyes; pero todos —esclavos o no, según los títulos de la Tierra— bailan a un mismo compás.

La energía es nuestra forma luminosa, acaso la única verdaderamente existente.
La materia, aunque necesaria —y digna de cuidado, ya que es el cuerpo donde mora el espíritu—, se descompone. La muerte es el fin material, no necesariamente el fin de la consciencia.

Solo deja de ser un abismo cuando la consciencia se eleva. Entonces ya no es el monstruo descrito por Sigmund Freud, ni sus interrogantes —como qué es la mujer o qué es el hombre—, sino un pasaje.

Como señalaba Freud, el yo no es amo en su propia casa: la consciencia es apenas una superficie.

En esa línea, Carl Gustav Jung desarrolló la idea de un inconsciente colectivo: memorias que no son individuales, sino arquetípicas.

El fin es evolucionar.

Evolucionar es dejar de actuar desde la culpa y comenzar a hacerlo desde la responsabilidad. Es no someterse a amos efímeros. Es no sostener el rencor, comprender que no existen dos bandos sino un continuo de pensamientos. Es amar sin poseer. Es no mentir, porque mentir al otro es mentirse.

El sentido de la vida aparece cuando comprendemos que la energía nos atraviesa y, al mismo tiempo, nos exige tomar el timón de nuestra existencia.

Todo en nosotros es energía. Un acto es energía en movimiento. Incluso el pensamiento lo es.

Las filosofías orientales lo explicaron a través del equilibrio entre opuestos: no existe lo bueno ni lo malo como absolutos, sino polaridades complementarias. El yin y el yang no se enfrentan: se necesitan.

El concepto de chi refiere a esa energía vital que integra cuerpo y espíritu. Implica consciencia sobre cómo vivimos: qué comemos, cómo descansamos, cómo pensamos.

La mente también es energía. Si deseas algo y trabajas para ello, puedes alcanzarlo. Pero hay un punto clave: saber soltar. El principio del Wu Wei enseña que, una vez realizado el esfuerzo, es necesario dejar fluir.

Esta idea dialoga con enseñanzas atribuidas a Hermes Trismegisto y con la noción de sincronicidad de Jung: acontecimientos cargados de sentido, aunque no de causalidad directa.

Las vibraciones son aquello que percibimos cuando “algo no cierra”. La disonancia aparece cuando razón e intuición se separan. Ambas deben trabajar juntas; de lo contrario, el ser se fragmenta.

No envejecemos solo por desgaste físico, sino por pérdida de energía vital.

Algunos signos de esa pérdida son: el cansancio persistente, los síntomas sin causa médica clara, la falta de expresión, la ira, la dificultad para sostener lo cotidiano, la pérdida de confianza en uno mismo, la confusión entre éxito y dinero, y la incapacidad de decir “no”.

Recuperar la energía implica decisiones simples y profundas: aprender a poner límites, no crear amos, escuchar la intuición con discernimiento, no exponer todo proyecto, y comprender que no todo vínculo suma.

Somos seres atravesados por velos. En la sombra —como diría Jung— habita lo no integrado.

Creemos ser libres, pero muchas veces somos moldeados por estructuras de poder visibles e invisibles. Sin embargo, esas estructuras solo tienen fuerza si se la otorgamos.

La historia humana lo demuestra. Nicolás Copérnico cambió la forma en que entendíamos el universo: no todo gira en torno a nosotros. Tal vez tampoco nuestra existencia sea el centro, sino parte de algo mayor.

Entonces surge la pregunta: ¿cuál es nuestra misión?

No hay una única respuesta. Cada vida responde a un proceso distinto. No nacemos como una “tabla rasa”, sino como consciencias en aprendizaje.

Aquello que no se comprende, se repite. Aquello que no se sana, retorna.

Como expresó Friedrich Nietzsche, lo que no nos destruye nos transforma. Y también habló del eterno retorno: repetir hasta comprender.

Quien te hiere puede ser un maestro. No porque el daño sea justificable, sino porque muestra aquello que no debe repetirse.

El poder siempre es otorgado. Nadie lo posee por sí mismo.

Cuando el corazón y la mente no están alineados, aparece la disonancia: dos fuerzas dentro de un mismo cuerpo consumiendo energía.

En ese estado, emergen lo que algunas tradiciones llaman “larvas astrales” o figuras simbólicas de drenaje psíquico. No necesariamente entidades externas, sino formas de desgaste interno, de inconsciencia sostenida.

La muerte, en este marco, no es un final. Es un desprendimiento. La consciencia no desaparece: cambia de estado.

El ser humano teme a la muerte porque se confunde con su cuerpo. Pero morir es, en cierto sentido, recordar.

No somos de aquí: estamos aquí.

Cada consciencia continúa en un plano acorde a su estado. No hay castigo, sino correspondencia.

El llamado “karma” no es moral: es inercia. Lo no resuelto insiste hasta ser comprendido.

Por eso repetimos vínculos, situaciones, conflictos. No es el mundo: es el aprendizaje pendiente.

Amar, en este contexto, no es poseer. Es permitir sin retener.

El verdadero temor no es morir, sino no haber vivido con autenticidad.

Finalmente, hay una dimensión más sutil del ser: una permeabilidad interna, simbólicamente asociada al lado izquierdo. Es la zona que no razona, sino que percibe. No organiza: recibe.

Allí se alojan las intuiciones, los símbolos, lo no dicho. Es una apertura.

Pero toda apertura requiere conciencia. Sin ella, se vuelve invasión. Con ella, se transforma en comprensión profunda.

Crecer no es endurecerse, sino volverse permeable con criterio. Sentir sin desintegrarse.

Proteger esa sensibilidad no implica cerrarla, sino aprender a discernir qué permitimos que nos habite.

Porque en ese equilibrio ocurre la verdadera transformación:

lo que antes dolía, comienza a enseñar.

Y entonces comprendemos, finalmente, que somos —en esencia— aquello que creemos.



Autor:Jorgelina E. Rodríguez

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