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No hay acto de valentía más grande, que el soltar y aprender a renunciar.
Duele?
Sí, duele…
Cuesta?
Sí, cuesta muchísimo.
Pero uno de los pasos fundamentales consiste en entender que todos somos guías y maestros en la vida del otro:
Llegamos a complementar si nos quedamos, o a dejar una enseñanza si nos retiramos.
A veces nos quedamos por costumbre, por miedo a la soledad o por la ilusión de que “si seguimos intentando, algo cambiará”.
Pero aferrarnos a lo que ya no fluye no es amor;
Es control disfrazado.
Y el amor verdadero no retiene, libera.
Renunciar no es rendirse, es elegirte.
Es comprender que tu paz merece más que un “quizás algún día”.
Es aceptar que el ciclo ya cumplió su propósito:
Te trajo lecciones, te mostró espejos, te hizo más fuerte… y ahora te pide espacio para que entre lo nuevo.
Soltar duele porque estamos soltando una versión de nosotros mismos que creíamos necesitar.
Pero en ese dolor hay una verdad liberadora:
Lo que se va no era tuyo para siempre.
Lo que sí es tuyo es tu esencia, tu luz, tu capacidad de volver a amar, eso nadie te lo puede quitar.
Cada vez que sueltas con consciencia, creas un vacío sagrado.
Y el universo, que no tolera los vacíos, lo llena con algo más alineado:
Personas que te honren sin pedirte que te achiques, oportunidades que te expandan sin exigirte que te rompas, amores que sumen en vez de restar.
Así que sí, llora lo que necesites llorar.
Siente el vacío.
Permítete el duelo.
Pero no te quedes ahí.
Porque después del soltar viene el renacer.
Y en ese renacer descubrirás que la valentía más grande no fue quedarte aguantando… fue tener el coraje de irte caminando, con la cabeza en alto y el corazón abierto.
Sabiendo que mereces un amor que no duela, una vida que te abrace en vez de ahogarte.
Suelta, Renuncia, y Confía.
Retírate consiente de que hay que aprender a irse sin rencores, esos que envenenan el alma.
Lo mejor siempre llega cuando dejas de sostener lo que ya no es