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Más allá de los nombres que me dieron
y de los dogmas que intentaron decirme quién debía ser,
existe un lugar dentro de mí
donde camino descalza
y me reconozco sin miedo.
Ahí no necesito velos.
No hay nada en mí que deba esconderse
ni corregirse.
Cuando me miro con honestidad,
los prejuicios se disuelven
y los complejos pierden su voz.
Los miedos se aquietan
cuando recuerdo quién soy.
La verdadera libertad no la busco afuera:
la siento dentro.
Nace cuando mi mente descansa
y mi corazón deja de defenderse.
Es permitirme amar sin jaulas,
sentir sin culpa,
vivir como las aves
que confían en el viento
más que en el control.
Vivo cada instante
como un acto sagrado,
no desde la prisa
sino desde la presencia.
Porque cuando habito el ahora,
mi espíritu. ese guía silencioso,
marca el ritmo
sin imponer caminos ajenos.
Las supersticiones pierden poder
cuando me escucho de verdad.
El miedo irracional se desvanece
al recordar que no estoy separada de la vida.
Los prejuicios caen
cuando comprendo
que juzgar es una forma de olvidarme de mí.
Elijo religiones sin cadenas,
culturas sin rigidez,
costumbres que no definan mi esencia
sino que la acompañen con respeto.
Suelto los tabúes que confunden los principios,
los silencios que ocultan verdades
y las creencias que perpetúan la ignorancia.
Mi espiritualidad no me aísla:
me devuelve a mí
y desde ahí, al mundo.
Me dejo llevar por mi ser profundo,
por mi intuición suave y antigua
que no grita,
pero siempre sabe.
Mi yo interior no busca respuestas:
recuerda.
Libre como la flor de loto
que florece sin negar el barro,
libre como las aves
que no explican su vuelo,
simplemente vuelan.
Y en esa libertad personal,
no me pierdo:
me encuentro.