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Cada alma reencarnada posee una misión ligada a su karma o a su dharma. No nacemos como una tabula rasa; somos consciencias en tránsito, aprendiendo a través de múltiples experiencias.
Como escribió Friedrich Nietzsche, “lo que no me mata, me transforma”.
Las almas más involucionadas —o quizá más nuevas— repiten experiencias, y sus vidas se ven colmadas de un sufrimiento pedagógico. Aquello que no se comprende retorna. Aquello que no se integra insiste.
El que tienes frente a ti y te sojuzga puede ser, paradójicamente, un maestro. Aunque se lo sienta como verdugo, enseña aquello que no debe repetirse. De lo contrario quedamos atrapados en el eterno retorno —noción también nietzscheana— de los mismos errores.
El poder siempre se lo otorga uno.
Si ese jefe que te hostiga encuentra en ti excelencia, ¿de qué se quejará?
Si tu esposa o esposo —palabra cuya raíz remite a “amarrar”— no captura tu mente ni tu corazón, la atadura pierde fuerza.
Corazón y mente deben caminar juntos.
Cuando se separan aparece la disonancia: dos fuerzas dentro de un mismo cuerpo gastando energía inútilmente.
En esa disonancia se filtran lo que las tradiciones gnósticas llamaron arcontes: figuras simbólicas que representan fuerzas que se alimentan de la inconsciencia humana. En el lenguaje esotérico se los asocia con “larvas astrales”: metáforas de todo aquello que drena nuestra energía cuando dejamos de habitar nuestra propia conciencia.
¿De qué hablamos cuando hablamos de energía?
La energía no es solo una teoría.
Es el principio mismo de todo movimiento.
Todo en nosotros es energía —o falta de ella—.
Cada acto es energía en transformación.
Partamos de una base fundamental: no existe lo bueno ni lo malo como absolutos. Las tradiciones orientales lo expresaron a través del yin y el yang, polaridades complementarias que se transforman mutuamente.
De esas filosofías aprendemos que la evolución material y económica de una cultura suele estar precedida por profundas concepciones espirituales.
Desmitificar lo bueno y lo malo acerca al ser humano a lo divino. Ya no existen dioses externos que gobiernan el destino, sino estados de conciencia que el propio ser humano puede alcanzar.
En la mitología japonesa, por ejemplo, un héroe humano separa el cielo de la tierra, inaugurando la creación. La responsabilidad de la existencia recae así en el obrar humano.
Un concepto fundamental en Oriente es el chi: energía vital que fluye entre cuerpo y espíritu. Implica conciencia sobre lo que se come, cómo se duerme, cuánto se descansa y cómo se piensa.
La mente también es energía.
Cuando deseas algo profundamente y trabajas para ello, la realidad comienza a organizarse alrededor de esa intención. No es magia ingenua: es una forma empírica de experiencia.
Pero existe un secreto más profundo: el Wu Wei.
Significa actuar y luego soltar.
Hacer lo que corresponde y después dejar que el universo ordene las consecuencias.
Este principio dialoga con las enseñanzas herméticas atribuidas a Hermes Trismegisto, especialmente con la ley de correspondencia.
También se vincula con la sincronicidad, concepto desarrollado por Carl Gustav Jung: acontecimientos que ocurren simultáneamente cargados de sentido, aunque no exista una relación causal directa entre ellos.
Es el encuentro inesperado de dos almas en un momento preciso.
Un instante que parece casual pero que, en lo profundo, siempre supimos que iba a ocurrir.
¿Qué son las vibraciones?
Las vibraciones son aquello que intuimos cuando “algo no cierra”, aunque la razón lo apruebe.
La disonancia surge cuando nos mentimos a nosotros mismos.
Razón e intuición deberían colaborar, no contradecirse.