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No creo en destinos escritos, no al menos en este plano, ni que hay una fuerza que decide por nosotros, o algo ya escrito que solo tengamos que aceptar y consolarnos en pensar que era así y no había forma de torcerlo. Mi mirada hoy, es más existencialista.
Creo en consecuencias asumidas, una versión, si se quiere, con una mirada mas adultamente consciente que no deja puertas abiertas a la fantasía de lo signado.
No tranquiliza. No promete. No ordena.
Incomoda, patotea, confronta...
Solo te muestra que el destino no es un camino recto, ni tampoco un libreto escrito prolijamente en algún cielo ordenado.
Yo creo que es más bien un borrador arrugado, una hoja manchada de tinta y tachaduras que se reescribe cada vez que dudamos.
Y no es eso que nos pasa, sino lo que hacemos con lo que nos pasa.
A veces llega disfrazado de golpe bajo, de una puerta que se cierra sin aviso, del abrazo que no se dio o no recibimos, de promesas que no supieron quedarse.
Y uno se cree que ahí termina todo.
Pero no...Ahí empieza otra cosa.
Porque el destino, se filtra en decisiones chiquitas, en esos, hasta acá !que duelen, en los esta vez no! que nos devuelven el eje, en el coraje silencioso de elegirnos cuando nadie nos tiene en cuenta, cuando no hay nadie para aplaudir.
No claro que no elegimos todas las tormentas, pero sí podemos elegir qué hacemos si naufragamos, si nos hundimos con el miedo, o aprendemos a nadar con lo que quedó a flote.
No creo en el destino como castigo o premio, para mi es la consecuencia.
Es aprendizaje.
Es esa mezcla imperfecta entre lo que nos toca y lo que nos animamos a transformar.
Porque el destino es carne, es herida, es elección y es pararse desnudo frente al espejo cuando ya no queda nadie, cuando se cayeron las excusas, cuando el orgullo no alcanza y el amor propio todavía esta flojito de papeles.
Entonces el destino pasa a ser eso que pasa, cuando dejas de escapar, y aceptas que no todo fue justo, pero sí fue necesario.
No te salva, no te cuida, no te espera.
Te exige.
Y si sobrevivís, aunque sea a los tumbos,
No salís ileso.
Salís distinto.
Con menos inocencia, pero más vos.
Y eso, aunque raspe, aunque duela decirlo, es destino cumplido.