Hay gente que, al sentirse tocada por tus palabras, no sabe responder desde el ALMA y mejor se refugia en sermones prestados.
No porque tú hayas hablado de fe, no porque hayas pedido un juicio divino, sino porque hay quienes no soportan mirar su propio dolor sin convertirlo en un discurso.
Y está bien, porque cada quien carga sus certezas como puede.
Pero aquí, en este territorio de sombras y verdades humanas, no venimos a imponer dogmas, ni a vender salvaciones, ni a discutir quién tiene la verdad más larga.
Aquí hablamos desde lo que duele, desde lo que rompe, desde lo que te levanta cuando ya no tienes manos.
Aquí la fe es la que se construye con heridas, no la que se memoriza en un texto sagrado.
Y cuando alguien llega a “corregir”, a “evangelizar”, a dictar cátedra sobre almas ajenas…no es que tenga la razón.
Es que tiene miedo.
Miedo de escuchar un mensaje que no cabe en su molde.
Miedo de encontrarse a sí mismo sin su escudo espiritual.
Por eso no respondemos, porque no estamos aquí para debatir credos, ni para convencer a nadie, ni para perder el tiempo explicando lo que ya nació claro.
El que quiera entender, que entienda, el que quiera imponer, que grite solo.
Nosotros seguimos adelante, sin ruido, sin pleito, sin altar.
Porque este espacio es para los que sienten, no para los que sermonean.