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Hay un momento en la vida en que una mujer comprende que está cansada. No necesariamente porque su vida sea demasiado difícil, sino porque lleva demasiado tiempo intentando controlarlo todo: que las cosas sucedan, que determinadas personas se queden, que el futuro responda a sus planes y que cada esfuerzo tenga exactamente el resultado que imaginó.
A veces creemos que hacer más es la solución. Insistimos, perseguimos, explicamos, anticipamos, planificamos. Pero existe una diferencia entre avanzar hacia nuestros sueños y empujar la vida para obligarla a suceder.
Quizás sea momento de soltar el control sin sentir que estamos perdiendo.
Intentar controlar cada circunstancia suele esconder un miedo más profundo: miedo a ser abandonadas, a equivocarnos, a que el futuro sea diferente de lo que imaginamos o a descubrir que aquello que deseábamos no estaba destinado a quedarse.
Entonces llamamos para comprobar que el otro continúa allí. Insistimos cuando sentimos distancia. Queremos respuestas inmediatas. Anticipamos todos los escenarios posibles. Y cuando algo se sale de nuestro plan, sentimos que perdemos el equilibrio.
Pero el control es, en gran medida, una ilusión.
No podemos decidir lo que otra persona siente. No podemos garantizar que alguien permanezca. No podemos conocer lo que traerá mañana ni asegurar que un proyecto tendrá éxito. Podemos, en cambio, elegir cómo responder frente a aquello que la vida coloca delante de nosotros.
Y allí comienza una forma diferente de libertad: soltar.
En QUINDI REGINA, mi primera obra, propongo una mirada sobre el autoconocimiento y el amor propio a través de la prosa poética. Una de sus ideas centrales sostiene que cada mujer nace princesa y que, cuando decide gobernarse a sí misma, nace la Reina.
Gobernarse no significa controlar el mundo. Significa aprender a habitar nuestro propio mundo.
Hay una hermosa metáfora para comprenderlo: una mariposa no puede ser atrapada persiguiéndola desesperadamente. Cuanto más corremos detrás de ella, más se aleja. Pero cuando nos detenemos, dejamos de perseguir y simplemente permanecemos presentes, puede acercarse por sí misma.
Con la vida ocurre algo parecido.
No todo lo que deseamos necesita ser perseguido hasta el agotamiento. Hay sueños que requieren trabajo, vínculos que necesitan cuidado y decisiones que exigen valentía. Fluir no significa abandonar nuestros objetivos ni convertirnos en espectadoras de nuestra existencia. Significa actuar sin confundir acción con desesperación.
Porque una cosa es luchar por lo que amamos y otra muy diferente es luchar contra la realidad.
Quizás la verdadera pregunta no sea: “¿Cómo hago para que esto suceda?”, sino “¿Quién quiero ser mientras descubro qué sucederá?”
Esa pregunta devuelve el centro.
Y cuando una mujer recupera su centro, deja de vivir pendiente de controlar cada movimiento de la vida. Aprende a confiar, a esperar, a elegir y también a aceptar cuando algo no puede ser.
La Reina no necesita tener todas las respuestas.
Necesita saber que, pase lo que pase, puede sostenerse a sí misma.
Porque fluir con la vida no es rendirse.
Es confiar sin abandonarse.