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Cuando pensamos en la civilización maya aparecen ante nuestros ojos los grandes templos, los calendarios, los sacerdotes, los guerreros y los gobernantes. Pero detrás de aquella extraordinaria civilización también estuvieron ellas: las mujeres mayas, guardianas de la vida, de la memoria, de la familia y de una cultura que logró atravesar los siglos.
En aquellas ciudades de piedra, entre los caminos de la selva y los mercados donde circulaban maíz, cacao, tejidos y otros productos, la mujer ocupaba un lugar esencial.
Era madre y educadora. Era quien transmitía a los niños las primeras palabras, las costumbres, las historias de los antepasados y el respeto por los dioses y por la naturaleza. En sus manos estaba, muchas veces, la continuidad de una comunidad.
Pero su mundo no terminaba en el hogar.
La mujer maya trabajaba en la producción de alimentos, participaba en la elaboración de tejidos y cerámicas, preparaba alimentos y bebidas y contribuía de manera decisiva a la economía familiar. El maíz, alimento sagrado y fundamento de la vida maya, también estaba profundamente ligado a sus tareas cotidianas.
Sus manos transformaban el algodón en tejidos, los alimentos en sustento y las fibras en objetos necesarios para la vida. En cada tejido podían quedar representados símbolos, colores y tradiciones que hablaban de la identidad de un pueblo.
Y algunas mujeres fueron mucho más allá.
En las familias nobles, hubo mujeres que participaron en las grandes decisiones políticas. Algunas fueron piezas fundamentales para establecer alianzas entre dinastías mediante matrimonios; otras ejercieron funciones religiosas y políticas, y algunas llegaron a ocupar posiciones de autoridad.
Una de las figuras más extraordinarias fue Lady Six Sky, vinculada a la ciudad de Naranjo. Su presencia en las inscripciones y monumentos demuestra que determinadas mujeres de la élite podían ejercer un poder político considerable en el mundo maya.
Esto nos obliga a mirar nuevamente aquella civilización.
Porque la historia de los mayas no puede contarse solamente desde sus templos y sus gobernantes. También debe contarse desde las manos de sus mujeres.
Las manos que molían el maíz.
Las manos que tejían.
Las manos que acunaban a un niño.
Las manos que preparaban los alimentos.
Las manos que ofrecían ceremonias a los dioses.
Las manos que transmitían historias.
Y, en algunos casos, las manos que también sostenían el poder.
Imaginemos por un instante a una mujer maya caminando al amanecer por los senderos de una antigua ciudad del Petén.
A su alrededor, la selva despierta lentamente. Los monos aulladores rompen el silencio y los primeros rayos del sol iluminan las enormes pirámides.
Ella lleva consigo una historia que no está escrita solamente en los monumentos.
La lleva en la memoria.
La lleva en sus palabras.
La lleva en sus manos.
Tal vez nunca sepamos su nombre. Tal vez jamás conozcamos su rostro. Pero sabemos que existió, porque ninguna gran civilización puede construirse sin la participación silenciosa de millones de personas cuyos nombres no quedaron grabados en piedra.
Y allí está precisamente su grandeza.
La mujer maya fue, muchas veces, la memoria viva de su pueblo.
Mientras los gobernantes levantaban monumentos para desafiar al tiempo, ellas enseñaban a sus hijos quiénes eran, de dónde venían y qué historias debían conservar.
Mientras los sacerdotes observaban las estrellas, ellas mantenían encendida la vida cotidiana.
Mientras los guerreros partían hacia la guerra, ellas permanecían sosteniendo familias, comunidades y tradiciones.
Las grandes ciudades del Petén terminaron cubiertas por la selva. Los palacios quedaron en silencio y las piedras comenzaron a desaparecer bajo las raíces de los árboles.
Pero la cultura maya no murió.
Sobrevivió en las comunidades, en las lenguas, en las ceremonias, en los tejidos, en los alimentos y en las tradiciones que llegaron hasta nuestros días.
Y en esa continuidad también existe una profunda presencia femenina.
Por eso, cuando hoy caminamos entre las ruinas de Tikal, Uaxactún, El Mirador o Yaxhá, no deberíamos mirar solamente hacia las alturas de sus templos.
También deberíamos mirar hacia abajo.
Hacia la tierra que aquellas mujeres cultivaron.
Hacia los caminos que recorrieron.
Hacia las casas donde criaron a sus hijos.
Hacia los espacios donde trabajaron, tejieron, cocinaron, comerciaron y celebraron sus ceremonias.
Porque debajo de cada gran piedra de aquella civilización hubo una vida humana.
Y detrás de muchas de esas vidas hubo una mujer.
Una mujer que quizá nunca imaginó que su mundo desaparecería bajo la selva, ni que muchos siglos después alguien intentaría reconstruir su historia.
Pero su legado permaneció.
Porque los pueblos pueden perder sus ciudades, pero mientras una madre transmita una historia a su hijo, mientras unas manos sigan tejiendo los símbolos de sus antepasados y mientras una comunidad conserve su memoria, una cultura nunca desaparece completamente.
La historia maya también tiene rostro de mujer.
Y quizás sea hora de que, frente a las antiguas pirámides del Petén, entre la selva y el cielo, podamos escuchar nuevamente su voz.
Una voz antigua, profunda y silenciosa que parece decirnos:
“Aquí estuvimos. Aquí vivimos. Aquí cuidamos la vida. Y aquí dejamos nuestra memoria.”