Detiene besos, posterga abrazos, alarga la espera hasta que el pecho se cansa de aguantar.
Pero hay algo que no logra tocar.
Un sentimiento verdadero no se apaga con kilómetros, porque el amor no vive en las manos, vive en el pensamiento constante, en la memoria que insiste, en el nombre que aparece incluso en el silencio.
La distancia separa cuerpos, no historias.
No borra lo que se miró con intención, ni lo que se dijo con el corazón abierto, ni las promesas que no necesitaban testigos.
Existen amores que aprenden a sostenerse de la ausencia, que sobreviven en mensajes breves, en recuerdos tibios, en pensamientos que cruzan caminos lejanos sin pedir permiso. Amores que no dependen del contacto para saberse reales.
Claro que duele no poder tocar, no poder mirar a los ojos, no poder abrazar cuando más se necesita. Duele esa falta.
Pero incluso ahí, el sentimiento sigue de pie.
Porque cuando es auténtico, el amor no se mide en distancia, sino en paciencia, en lealtad, en la certeza silenciosa de saber que el otro está, aunque no esté cerca.
La distancia puede separar rutas, puede cambiar los tiempos…
Pero no puede separar dos corazones que decidieron elegirse, incluso desde lejos.
Y al final, la distancia podrá impedir un beso, retrasar un abrazo…